Entre los años 1827 y 1834, el Padre Fray Juan de Almaraz, último confesor de la reina María Luisa, sufrió presidio en el Castillo de Peñíscola, sin haber sido juzgado, con la real orden de estar incomunicado. Todo ello por desvelar un secreto de confesión que pudo desembocar en una auténtica guerra civil.

El 2 de enero de 1819 murió la reina María Luisa, dejando encargado en su testamento al rey Fernando VII que cumpliese fielmente sus últimas voluntades entre las que figuraban varios legados a favor de personas y comunidades religiosas. Una de estas personas era el Padre Fray Juan de Almaraz que, en los últimos tiempos y hasta la muerte de María Luisa, fue su confesor. Al Padre Almaraz le había legado 4000 duros, pero el rey Fernando VII no cumplió la voluntad de su madre.

Almaraz permaneció en su puesto como capellán de honor de la infanta María Luisa, duquesa de Lucca y hermana de Fernando VII, hasta su muerte, y acompañó sus restos mortales a Alicante en junio de 1824. Una vez vuelto a Roma, sin oficio ni beneficio, Almaraz solicitó al gobierno español que lo recomendara para un determinado cargo en la curia. Tras consulta con el nuncio, que tenía malas referencias del fraile, se contestó que el cargo que pedía Almaraz no había existido nunca y que éste era un individuo intrigante y poco recomendable.

Fue entonces cuando Almaraz decidió reclamar en repetidas ocasiones el legado de María Luisa, sin obtener respuesta. Ante ello Almaraz decidió cambiar de táctica extorsionando a Fernando VII con la amenaza de hacer público que su madre le había revelado antes de morir que ni Fernando ni sus hermanos eran hijos de Carlos IV.

Esto consternó a Fernando VII, ya que podía desembocar en una revuelta popular e incluso una guerra civil con el apoyo de otros países.  Fernando VII rodeado de consejeros, estudió cómo acallar esta amenaza. Fue D. Juan Grijalba, favorito de Fernando VII, quien tramó el plan del secuestro del Padre Almaraz en Roma y su traslado a España, con el beneplácito de las autoridades eclesiásticas de Roma. Y así se hizo.

El 7 de septiembre de 1827, Grijalba encomendó la tarea a un protegido de confianza, un oficial de la secretaría de marina llamado D. José Pérez Navarro. El plan consistía en que Pérez Navarro se desplazase a Roma y mantuviese contacto con las autoridades eclesiásticas, de modo que estas le proporcionasen credenciales, medios humanos y materiales, para llevar a cabo el secuestro. Al mismo tiempo, llegaba al puerto de «Civitta-Vecchia» el bergantín de guerra de la armada española «Manzanares», que sería utilizado para trasladar al reo hasta España.

Todo salió según lo planeado, y tras cuatro días de navegación, en la noche del 20 de octubre de 1827 el navío «Manzanares» atracó en el puerto de Tarragona.

Casualmente, el rey Fernando VII estaba el 21 de octubre en Tarragona, dentro de las etapas de su viaje a Cataluña y Valencia. El propio rey escribió: «Hoy ha estado en este puerto el bergantín Manzanares con aquel perillán; es regular que esta noche o mañana por la mañana se haga a la vela para Peñíscola. La cosa se ha hecho bien y con mucho secreto».

Una carta de Santiago Gómez Negrete confirma y aclara: «El 20 a la noche llegó el bergantín de guerra Manzanares, que venía de Civitta-Vecchia en cuatro días de navegación; a su bordo venía en calidad de comisionado un tal Pérez Navarro, y se asegura que en la cámara traía un preso eclesiástico. Luego que se dijo a S. M. su llegada contestó: Este no es su destino. ¿A qué ha venido aquí?. Estuvo en el puerto todo el día 21 sin darle la entrada por la sanidad, pues debía tener cuatro días de observación, y el lunes al amanecer se dio a la vela».

Según el relato, un tanto novelesco, que realizó el Vizconde de San Javier publicado en 1874, decía que:

«El rey hizo que el mismo día saliera Navarro para conducir a fray Juan de Almaraz a Peñíscola, llevando al gobernador de aquel castillo, el coronel D. Luis Gerzabal, la orden de encerrar al prisionero en la más alta de las torres sin permitirle jamás hablar con nadie, ni aún con el mismo gobernador, sirviéndole la comida por medio de un torno y suministrándole los vasos de limpieza, por una trampilla, que corría y descorría un carcelero.

Al capitán general de Valencia D. Francisco Longa le encargó la exacta observancia de ésta orden señalándose la cantidad de 20 reales diarios para la manutención de aquel preso que no debía figurar en ninguna nómina ni registro, cual si fuese un hombre que hubiese desaparecido del número de los vivientes».

El Vizconde yerra en cuanto que el Gobernador Militar de Peñíscola en ese momento, era el coronel D. Sebastián Duarte y Sartorio, que lo fue entre los años 1824 y 1829. El referido coronel D. Luis de Gerzabal, debe ser el coronel D. Luis de Oyarzabal que fue Gobernador de Peñíscola entre los años 1829 y 1833.

A todo esto, el Profesor D. Josep Fontana i Lázaro, hace una apreciación referente a la casual coincidencia de Fernando VII en Tarragona diciendo:

«Resulta difícil creer que sea casual la coincidencia entre la fecha de esta llegada a Peñíscola y la marcha del rey hacia Valencia, en un viaje que tiene, además, la peculiaridad de durar un día entero, el 29 de octubre, para hacer el corto trayecto entre Amposta y Castellón, con tiempo de sobra para detenerse en Peñíscola».

¿Quiere decir esto que el propio rey Fernando VII supervisó «in situ» las condiciones del presidio del fraile? ¿Visitó Peñíscola de incógnito el propio rey? Son preguntas cuyas respuestas quizá estén traspapeladas entre los archivos históricos.

Retomando la historia de nuestro protagonista, el Padre Almaraz, estuvo tres años incomunicado, hasta que en verano de 1830, el entonces ministro de Gracia y Justicia D. Francisco Tadeo Calomarde, planeó obtener una retractación del Padre Almaraz, ya que esto llenaría de júbilo al propio monarca. Para ello se ayudó de un pariente cercano suyo, el que fuera arzobispo de Méjico D. Pedro José Fonte, que por esas fechas estaba como arzobispo de Valencia, gracias a la intercesión del ministro. Envió al arzobispo al Castillo de Peñíscola para arrancarle la retracción y una confesión por escrito. El gobernador de Peñíscola estaba al corriente. El arzobispo prometió al reo el perdón del rey y la tan ansiada libertad.

Transcurridos unos cuantos meses desde que Fernando VII tuvo en su poder el valioso documento, el arzobispo se dirigió al rey por medio del ministro de Gracia y Justicia, para que el rey cumpliese la palabra que el arzobispo en nombre del rey había dado al prisionero, después de la retractación que hizo por escrito, y para dar más fuerza á esta súplica añadió que en ello estaba interesada su conciencia, puesto que él había sido el instrumento de que se habían valido para la consecución de un documento tan precioso y que tanto había deseado el rey.

Al día siguiente, Calomarde llamó al arzobispo a su despacho y le dijo que «el rey había visto con el más alto desagrado su recuerdo, debiendo borrar completamente de su memoria aquel asunto, como si nunca hubiera tenido conocimiento de él. Que había cumplido bien la misión que se le había confiado, pero que terminada ésta, no debía volver a pensar en ella, si no quería exponerse a recibir una muestra terrible del desagrado de S. M. »

Nadie volvió a hablar al rey del prisionero.

En 1833, murió Fernando VII, y el 16 de enero de 1834, se dio una amplia amnistía para toda clase de delitos políticos. Pero el Padre Almaraz no figuraba en ninguna relación. Por suerte, el oficial mayor de la secretaria de Gracia y Justicia, D. José Muñoz Maldonado, conde de Fabraguer, que por razón de su cargo había oído al ministro de Gracia y Justicia referir este suceso, reveló á Martínez de la Rosa, presidente del Consejo de ministros, la existencia del prisionero del castillo de Peñíscola, cuyo nombre no constaba en ningún registro.

Martínez de la Rosa consultó el caso con la reina gobernadora, la cual no tenia ni la menor noticia de ello, y dio orden al gobernador del castillo para que pusiera en libertad a aquel encarcelado, que no había sido sentenciado por ningún tribunal, ni por delito político ni común, sino en virtud de sentencia dictada y ejecutada por el poder absoluto de un rey.

Un mes después de su salida de Peñíscola murió en Mallorca en estado de demencia, el infeliz fray Juan de Almaraz, confesor de María Luisa en Roma.

Bibliografía:

FONTANA I LÁZARO, Josep: «De en medio del tiempo: la segunda restauración española, 1823-1834». Editorial Crítica, 2006.

GIL MARISCAL, Fernando: «Los misterios de la corte de Fernando VII». Revista Crónica, núm. 244 de 15/07/1934, núm. 245 de 22/07/1934, núm. 246 de 29/07/1934, núm. 247 de 05/08/1934 y núm. 248 de 12/08/1934.

PARDO CAMACHO, Ricardo: «Gobernadores Militares en la provincia de Castellón». Aula militar «Bermúdez de Castro».

VIZCONDE DE SAN JAVIER: «El último confesor de la Reina María Luisa». Revista de España. (Madrid 1874). Núm. 164. Tomo XLI (noviembre y diciembre).

Vicente Oms Llaudís

Artículo publicado en la revista cultural Peñíscola, número 163 (septiembre – 2010)