Introducción.

La biografía de D. Sancho de Echeverría que se publica en este artículo fue escrita por el Conde de Clonard (Serafín María de Sotto 1793-1862) y publicada en Madrid, en 1851, en la Revista Militar, tomo IX.

Respecto al autor decir que ocupó diferentes cargos de la administración, especialmente en la administración militar, lo que le permitió el acceso a fuentes documentales de información.

Respecto al estilo narrativo destaca el estilo grandilocuente con abundantes calificativos y expresiones utilizados hábilmente con la clara intención de influir en el criterio del lector.

A continuación se reproduce la biografía tal cual fue publicada en 1851.

Biografía.

Cuanto memos sensible es el influjo de una época en nuestras costumbres o intereses, más se distinguen y campean sobre el fondo de la historia los hombres eminentes que en ella figuraron. En este caso como en otros muchos son correspondientes las leyes del mundo físico y moral. Porque al modo que el observador colocado en una extensa llanura, cubierta por la sombra de una montaña, vuelve involuntariamente la atención y la vista hacia los puntos sobresalientes, dorados por las últimas reverberaciones del sol, así también el historiador a medida que ve perderse el hilo de los sucesos generales en la sombra del tiempo, para ante las grandes fisonomías sociales, militares o políticas para desenvolver en ellas el carácter y los grandes delineamientos de generaciones fenecidas. Y a la verdad, aunque el genio y la virtud no son el privilegio de un siglo, ni de un país, ni de una civilización, es no obstante indudable que el hombre que más se eleva tiene hondamente impreso el sello de las circunstancias que le rodearon. De aquí nace el que algunas historias muy recomendables por sus dotes literarias hayan perdido su esencia, tomando la forma lozana y el brillante colorido de la epopeya, y de aquí nació también el deseo de presentar las grandes entidades históricas, con sus atributos propios, con sus cualidades genuinas, su ser y su influencia más o menos ostensible y latente.

Pero respecto de esto milita otra razón más fuerte y poderosa. La humanidad que espera en el porvenir y tiende a enlazarse con él, que vive y se agita en el presente, necesita apoyarse en el pasado, y robustece con el ejemplo de las grandes virtudes. Este ejemplo no proviene de las evoluciones dolorosas que verifica la sociedad marchando a su desarrollo por la larga escala de los siglos, oprimida por las pasiones y gimiendo bajo el choque de intereses opuestos, sino de las acciones de algunos individuos privilegiados, cuya figura no puede bosquejarse con pureza y acierto sin separarle de los acontecimientos generales, cubriendo con un velo los que le sean extraños o poco conexos, tal como un pintor cubre con un papel o lienzo una o muchas partes de un gran cuadro para fijar su vista, su inspiración y su pincel sobre aquella que va a copiar en el momento. En una palabra, a la historia, eco y espejo de una generación pasada, es preciso sustituir la biográfica expresión y retrato de un hombre distinguido. Uno de estos hombres, muy acreedor sin duda a que se haga de él honrosa y especial mención. Es D. Sancho de Echevarría, mariscal de campo, capitán de la Guardia Real y guerrero esclarecido, cuyo nombre no puede pronunciarse sin respeto al recordar la defensa de Peñíscola.

Nació D. Sancho el 10 de noviembre de 1674 en la villa de Rentería, provincia de Guipúzcoa, descendiente de una familia ilustre y rica; reunió D. Sancho al brillo del nacimiento y bienes, favores de la fortuna, las cualidades más raras y estimables que proceden de una razón luminosa y de un corazón abierto a todos los sentimientos nobles. Le asistió un genio vivo y penetrante, una voluntad enérgica, un singular amor al trabajo y como consecuencia de este, cierto deseo de esos goces que se consideran como el encanto de la vida moral. Una educación esmerada desarrolló y fortificó las felices disposiciones del niño, dándolas esa consistencia que forma el carácter del hombre adornado de una imaginación florida. D. Sancho amó la literatura y cultivó con fruto la poesía, destello divino, que siendo el principio de la civilización en todos los pueblos, es al propio tiempo la luz más brillante que despide el alma del individuo. Bueno, afable, consecuente y pundoroso, se captó el aprecio de sus compañeros y la estimación de sus maestros.

Fallecieron sus padres cuando Sancho rayaba en la adolescencia, sucediendo en los bienes patrimoniales, la mayor parte amayorazgados, su hermano D. Diego Manuel, cuya circunstancia unida a su inclinación particular, hizo que don Sancho ingresase en la carrera de las armas con otro de sus hermanos D. Juan Domingo (1).

  • (1) D. Juan Domingo fue capitán de caballos y se distinguió mucho durante la guerra de sucesión, particularmente en el asalto de Badajoz.

Tan pronto como terminó D. Sancho su curso de humanidades, abrazó la noble profesión militar; pues de una cédula expedida por Carlos II en 12 de agosto de 1691 haciéndole merced del hábito de Santiago, se infiere que cuando contaba la temprana edad de 17 años era ya capitán.

Para un joven ávido de porvenir que busca los peligros para acrisolar su valor y acomete las empresas más arriesgadas para aumentar sobre ellas su fortuna y porvenir, el alumbramiento de una guerra debe hacer palpitar un corazón bajo el deseo de la gloria. La que se inauguró entonces tenía por objeto asegurar la corona de España en las sienes de un príncipe Borbón descendiente de los Césares. El derecho del primero declarado por el último monarca con lágrimas de dolor en el lecho de la muerte, debía ser sancionado por la fuerza de las armas en los campos de batalla. D. Sancho, demasiado pundoroso y leal para desconocer al rey, que la mayor y más sana parte de la nación había acogido con transportes de júbilo, siguió las banderas de Felipe V y dio, defendiéndole, pruebas de constancia y fidelidad ejemplares.

La guerra encendida con violencia en Italia y en los Países Bajos, abierta en la misma península, habiéndose declarado contra España el voluble portugués, amenazaba devorar la entraña misma de la monarquía. Creyeron los aliados que lo más conducente a este objeto era derramar el fuego de la insurrección por las hermosas provincias andaluzas, y a fin de legarlo dispusieron que una escuadra anglo-holandesa compuesta de 160 velas con 12.000 hombres, anclasen en las aguas del Mediterráneo, intentando el desembarco en la isla de León. La empresa se reputó fácil y el éxito casi seguro. El Gobierno vivamente combatido, carecía de recursos, la administración pública, herencia de dos reinados calamitosos, estaba aun desconcertada; las tropas españolas flacas y desprestigiadas, pues el brillante sol de Ceriñola, Pavía y San Quintín se había eclipsado en Rocroy, Fleurus y Dunquerke.

El príncipe de Darmstad, que dirigía la expedición, dispuso que se verificase el desembarco entre Rota y el castillo de Santa Catalina, punto este de la mayor importancia como llave principal del fuerte. Brilló por primera vez defendiéndole el valor de D. Sancho de Echevarría, quien conduciendo una manga del tercio viejo de la armada, en unión con otros capitanes y el sargento mayor de los verdes D. Manuel Narváez, rechazó vigorosamente los reiterados ataques del enemigo, aguantando con impavidez el fuego que este hacía desde sus naves, y logrando no solo conservar y fortificar el castillo, si que también inutilizar 20 lanchas de desembarco.

Pero las fuerzas del general Villadarías eran insuficientes para contener el ímpetu de los enemigos, y precisado aquel a replegarse al Puerto de Santa María, lograron estos desembarcar y apoderarse de Rota.

No abatió esta desgracia a los valientes defensores de Santa Catalina: antes tomando solo consejo de su intrepidez, se propusieron caer sobre los anglo-holandeses, y lo realizaron con tanta gloria como fortuna, matando 100 hombres y obligando a los demás a ponerse en precipitada fuga, persiguiéndolos hasta la vista de Rota. Sobresalió en este trance Echevarría, guiando a sus soldados al peligro, más con el ejemplo que con la voz, y mostrando en la retirada esa prudencia exquisita, que siendo la garantía del valor, es también la prenda más segura de la victoria.

Alboreada apenas el día 1º de septiembre de 1703 cuando el enemigo rompió el fuego contra Santa Catalina con cinco lanchas cañoneras. Contestó acertadamente la artillería del castillo, sosteniéndole hasta las once de la mañana, hora en que el ejército combinado emprendió su marcha al Puerto de Santa María, alejándose también las bombarderas.

El marqués de Villadarías tampoco pudo sostenerse en el Puerto, y se dirigió a Jerez seguido de 1.300 hombres, dando previamente orden a los defensores de Santa Catalina para que se incorporasen a su división. Eran estos en número de 3.000 hombres, soldados aguerridos que habían sostenido el honor de las armas españolas en aquella breve campaña; pero al emprender su marcha obedeciendo la orden de Villadarías, se vieron tan estrechamente flanqueados por los anglo-holandeses, que la resistencia solo era medio de alcanzar una muerte cierta e infructuosa. Hubo, pues, de rendirse, quedando con el carácter de prisioneros, aunque lo fueron durante bien poco tiempo, pues se verificó su canje el 27 de septiembre a propuesta del enemigo. No obstante las ventajas reportadas por los coaligados, el pensamiento de la invasión quedaba completamente estéril; los leales andaluces habían rechazado las insidiosas propuestas del príncipe de Darmstad, y este turbulento caudillo se vio precisado a reembarcarse con las tropas anglo-holandesas.

Bien por la suspensión de hostilidades en las provincias meridionales, bien porque la salud de D. Sancho experimentara algún quebranto, o ya finalmente porque se trasladara de guarnición a algún punto donde no se hubiese sentido todavía el azote de la guerra, lo cierto es que su nombre no aparece enlazado de nuevo a la suerte del ejército hasta la creación de la Guardia.

Formó este cuerpo privilegiado Felipe V, hallándose en Portugal el año de 1704, y procuró que entrasen en su constitución los elementos militares más distinguidos. Los antecedentes y méritos de D. Sancho de Echevarría debieron ser conocidos y apreciados por aquel príncipe, mejor soldado que rey, pues le confirió con fecha 30 de mayo título de capitán de una de las compañías que se estaba organizando. Pasó don Sancho con este motivo a la corte, y dedicándose al desempeño del nuevo cargo con su laboriosidad acostumbrada, logró así como sus compañeros, justificar la confianza del rey, quien en la primera revista ocurrida el 1º de septiembre quedó altamente complacido de la instrucción, disciplina y demás parte marciales que adornaban al nuevo regimiento.

Pronto marchó este cuerpo a acreditar en el campo de batalla las dotes que le distinguieran. Había perdido España parte con la fuerza, parte con el ardid, una de sus joyas más preciosas; el leopardo inglés posaba ya con su atrevida garra sobre los encumbrados muros de Gibraltar. Este improvisto golpe cautivó la atención de Felipe V y pensó ya sólo en hacer un esfuerzo vigoroso para reconquistarla. Consejo más del sentimiento que de la prudencia. Se había cometido una gran falta dejando desguarnecida plaza tan importante, y al intentar recobrarla se confesaba la falta y se declaraba nuestra impotencia. Como quiera que sea, se mandó acudir un buen cuerpo del ejército sobre Gibraltar, formando parte del mismo los regimientos de Guardias, con los cuales fue Echevarría. Concurrió este a la apertura de la trinchera practicada bajo los fuegos del enemigo: a la gallarda defensa que hizo el primer regimiento de la Guardia de los atrincheramientos atacados por la guarnición en la noche del 30 al 31 de octubre, y al asalto del Pastel, acaecido el 7 de febrero de 1705, aumentando con su conducta en estas ocasiones su ya bien considerada reputación. Aquel sitio, teatro de acciones heroicas y de rasgos muy esclarecidos, no arrojó otro resultado que el consumir tiempo, hombres y caudales, cuando más se necesitaban. Luego que se hubo levantado, pasó Echevarría con su regimiento a Jerez y a Cádiz, nuevamente amenazada por las fuerzas austro-inglesas; mas no tardó en ser llamado a la corte, donde se le confió el mando de la primera compañía de granaderos de la Guardia.

Se dilató poco después la fuerza de su regimiento, aumentándose por real cédula de 6 de julio, y se dispuso que Echevarría pasara al reino de Valencia con el objeto de fomentar la recluta. Cundía el fuego de la insurrección por el territorio valenciano. Los parciales del Archiduque agitaban el país con la perspectiva de un triunfo cierto e inmediato, y acabó de inflamar la cabeza de los descontentos infundiendo terror en el espíritu de los leales a la dinastía borbónica la llegada de la escuadra anglo-holandesa a aquellas costas.

En presencia de una revolución que avanza a paso de gigante y que penetraba en el corazón del pueblo, bajo el escudo del cielo religioso, Echevarría creyó justo ofrecer el sacrificio de su vida al cumplimiento de sus deberes. Así es, que pidió al ayuntamiento de Valencia 300 hombres para defender la casa de armas o perecer honrosamente en la demanda. Aquella autoridad municipal, ora porque no quisiera exponer a D. Sancho en una empresa más gloriosa que útil, rehusó acceder a sus deseos. Escribió entonces Echevarría al coronel de su regimiento pidiéndole órdenes en vista del estado de aquel país, y con anuencia del rey se le confió la defensa de Peñíscola.

Ignórase el día en que D. Sancho entró en esta plaza, pero se sabe que se hallaba en ella el 29 de octubre y debe suponerse que lo verificó al avistarse la escuadra combinada en las aguas de Valencia. Se lisonjeaba Echevarría con que desplegando su actividad y buenos oficios podía contribuir a la pacificación de la provincia; más viendo que cada día cobraba la discordia mayor incremento y comprendiendo que las guerras civiles son muy difíciles de extinguir cuando se combinan los intereses y las ilusiones, tomó la heroica determinación de encerrarse dentro de los muros de Peñíscola resuelto a defenderla hasta exhalar el último suspiro. Hay en Peñíscola aguas potables abundantes y seguras, vastos y sólidos almacenes, hornos de pan cocer, varias poternas para salidas, y dos desembarcaderos en dirección opuesta, protegidos ambos por los fuegos de la artillería. Pero ¿de qué servían estas ventajas de la naturaleza y del arte, si no había un grano de trigo en los almacenes, ni medio probable de adquirir víveres en un país de que estaba enseñoreado el enemigo? ¿Qué importaba que la plaza tuviera fuertes baluartes y treinta piezas de batir, si D. Sancho no contaba con un solo soldado para guarnecer aquella y dirigir estas? De los 300 habitantes que había en Peñíscola, parte estaban trabajados por la intriga y rebozaban mal su afición a la causa del Archiduque. De temeraria pudiera graduarse la resolución de encerarse en una plaza, sin víveres, sin defensores, sin esperanza de socorro y próxima a ser atacada.

Para apreciar debidamente este rasgo insigne de fortaleza será conveniente y aun necesario describir en breves términos los medios de defensa que a la sazón tenia Peñíscola. Se halla esta plaza sobre un elevado peñasco que se interna en el mar unas seiscientas varas, desafiando al parecer el poder de las olas y la fuerza de las tempestades. Unida a la tierra un pequeño istmo, el cual divide las dos espaciosas ensenadas que forma la costa a uno y otro lado: estas ensenadas aunque tienen bastante fondo ofrecen algún peligro cuando reinan fuertes temporales y en especial los vientos de sur y este. Por la parle del sud-este corre un riachuelo que debe su origen a unas lagunas inmediatas, las que podían desbordarse a poca costa oponiendo a los sitiadores un obstáculo poderoso y haciendo muy difícil el acceso a la plaza. La parte de tierra está defendida con fuertes murallas y baterías que flanquean todos los puntos vulnerables, pudiendo darse por inexpugnable, si no hubiera acreditado la experiencia que la feliz combinación del genio, del valor y de la fortuna exceden los cálculos más atrevidos. Acaso la conducta de D. Sancho no carecía de ejemplar en la historia, pero no por eso era menos distinguida. Metelo encerrándose en Cápua en circunstancias análogas, no es acaso tan heroico, porque contaba con el prestigio de su fuerza, de su nombre y de su carácter; pero el joven capitán de granaderos no tenía en su abono más que sus prendas personales. De cualquier modo estos rasgos esclarecidos cuanto más se multipliquen son más dignos de elogio, porque glorifican a la humanidad y hacen olvidar sus debilidades e imperfecciones.

No se puede juzgar a los hombres en las circunstancias ordinarias de la vida, porque las fuerzas del alma como los músculos de un atleta, se hacen más ostensibles en los momentos de tensión y de violenta lucha. Aunque D. Sancho hubiera mostrado intrepidez, actividad y celo en el cumplimiento de sus obligaciones, prendas más elevadas se requerían en el gobernador de Peñíscola. Necesitaba un espíritu insinuante para infundir el ardor marcial en el tibio pecho de pacíficos habitantes: genio organizador para convertir en cuerpos reglados, bandas de paisanos, extraños al rudo ejercicio de las armas: una prudencia esmerada para contener dentro del límite de sus deberes a los parciales del Archiduque, sobriedad y resignación para sostener al pueblo con su ejemplo contra la espada temible e inevitable del hambre, y suma alteza de ánimo para hacer frente a los graves conflictos que iban a surgir en aquel difícil y prolongado asedio.

Decidido a defender a Peñíscola, D. Sancho, reunió a todos los vecinos, les habló ese lenguaje noble y sencillo, que partiendo de una afección pura y elevada tiene correspondencia con los sentimientos dignos y elevados como la tienen entre si los ecos de una música. Les hizo presente al propio tiempo que las fatigas y penalidades del sitio, la gloria que iba a alcanzar la villa manteniéndose fiel, y como centinela avanzado en medio del campo enemigo, sobre el corazón de aquellas provincias vueltas ya en favor del Archiduque.

Contestaron a sus palabras los peñiscolanos con protestas de sincera adhesión, y entonces D. Sancho les exhortó a que llevaran a un almacén o depósito común todos los víveres que hubiera en las casas de los particulares. Se ejecutó esta orden con la puntualidad que inspira el entusiasmo. Más los víveres que se lograron reunir podían bastar apenas a las primeras necesidades de un riguroso bloqueo. El solícito gobernador dispuso también que todos los paisanos hábiles para manejar las armas formasen compañías, y confió el mando de estas personas que más se distinguían por su instrucción, luces y lealtad.

Procuraba entretanto reparar los puntos débiles o deteriorados de las fortificaciones, haciendo su acceso más difícil. Con este objeto dispuso arrasar el convento de Ntra. Sra. de Gracia, edificio que situado extramuros e inmediato al cerro de los Molinos, podía servir de pié y apoyo a los enemigos. Observó en este acto el presidente gobernador todas las ceremonias que la religión prescribe, y los peñiscolanos después de conducir al recinto de la plaza en solemne procesión la imagen de la Virgen y la del Redentor del mundo, asestaron sus cañones y aplicaron barriles de pólvora para volar el convento. Oportunas eran estas precauciones porque el enemigo se aproximaba. El conde Peterboroug, general inglés de más reputación que mérito, avanzó al frente de cinco mil hombres, se puso a la vista de Peñíscola en el mes de enero de 1705, e intimó la rendición a D. Sancho por medio de un comandante. Critica era la situación de este, porque los ingleses tenían empeño especial en apoderarse de esta plaza, tan idónea para sus almacenes; pero ni las fuerzas que guiaba Peterboroug, ni la probabilidad de que se aumentasen diariamente con gente colecticia y de alpargatilla, atraída por la esperanza del saqueo, ni el temor de que paisanos sin foguear decayeren de ánimo al primer choque, pudiera vencer la entereza de Echevarría. Acercándose al comandante inglés y señalando con la mano el campo enemigo exclamó: decid a vuestro general que Peñíscola no se rinde  mientras dentro de sus muros quede vivo un solo hombre para disparar el último fusilazo.

No quiso Peterboroug exponer su prestigio ante los muros de Peñíscola, y alegando el pretexto de que las atenciones de la guerra reclamaban su presencia en el territorio aragonés, abandonó el sitio con parte de las tropas, dejando las restantes y el cuidado de proseguirle al general Lones.

Mientras tanto los peñiscolanos, empezaban ya a sentir la escasez de vituallas, enemigo este más formidable que, los ingleses y sus confederados; pero el animoso D. Sancho dispuso y realizó una salida con tanto acierto y actividad, que burlando la vigilancia del inglés, logró arrebatarle 72 vacas.

Es imposible calcular la impresión que producen las primeras ventajas en hombres que no están acostumbrados a las vicisitudes de la guerra, porque la reacción del miedo tiene menos límites que la de otra pasión cualquiera. Se alentaron grandemente los peñiscolanos con el éxito de la salida, verificaron otras y la fortuna se mostró fiel a sus leales intentos; más en una de ellas estuvo a punto de perecer el gobernador Echevarría oprimido por el número de los sitiadores.

En efecto, al amanecer del día 3 de marzo de 1706 se avistó desde la plaza una embarcación que dirigía su rumbo a Levante. Se presumió por su dirección y tamaño que podía llevar bastimentos, y como en Peñíscola se sintiese cada vez con más fuerza la falta de estos, ocurrió al instante la idea de apresarla. La empresa era ardua y peligrosa, pero las dificultades inflamaban el valor de D. Sancho. Montó en un bote acompañado de seis hombres armados y ocho para el remo; dispuso que se embarcaran otros seis en un esquife, y confiando más en su intrepidez y en el auxilio de la Providencia que en las fuerzas de su débil escuadra, empezó a dar caza al falucho, que viéndose perseguido viró a poniente engolfándose. Seducido por la esperanza de alcanzarle, no advirtió de pronto Echevarría que de la torre de Amadien había salido un buque enemigo de guerra tripulado por cincuenta hombres, buque que enseñoreándose de la costa, cortó la comunicación con la plaza. En presencia de un adversario tan formidable decayeron de ánimo los valerosos peñiscolanos, pero el denodado gobernador sereno y firme en medio del peligro como una roca azotada por las olas, se volvió a sus compañeros y les dijo con ese acento que parte del corazón, y al que el corazón responde con sus palpitaciones: «Ea, hijos, a Peñíscola o al cielo: invoquemos a Ntra. Sra. de la Hermitaña, que ella nos asistirá.» Al eco de estas palabras cobraron nuevo aliento los peñiscolanos; cada uno comprendió que ningún peligro es grave para el hombre que se decide a sacrificarse generosamente por una causa noble, y el ascendiente que en las ocasiones supremas ejercen las almas de gran temple sobre las demás, hizo que todos siguiendo el ejemplo de D. Sancho se propusieran vender cara su vida. Entonces el buque enemigo hendiendo rápidamente las ondas, se puso á tiro de cañón y disparó sus pedreros; contestaron los peñiscolanos con el fuego de fusilería, y bogaron después con tal felicidad y acierto, que ganaron la costa y entraron en la plaza sin que uno solo hubiera sucumbido en tan ardua y casi temeraria empresa. Pocos momentos después aquellos hombres que acababan de desafiar la muerte con frente serena, se prosternaron ante la imagen de la Virgen de la Hermitaña, ofreciéndola el tributo puro de su gratitud por haberles sacado incólumes de aquel terrible trance.

El pueblo entero de Peñíscola unió sus votos a los de sus valientes hijos, y la voz pausada del sacerdote los elevó en el santo sacrificio de la misa hasta el seno de aquel Dios que con su pensamiento magnifica o aniquila la gloria de los ejércitos.

Es indudable que todas las grandes revoluciones que han logrado arraigarse en el espíritu de la humanidad proceden de una religión cualquiera, así como es también cierto que casi todas las acciones verdaderamente heroicas que se hallan en la historia del mundo, emanan del sentimiento de la Divinidad. Cuando, el hombre se acerca a su Criador participa en cierto modo de su omnipotencia. Resplandece ese sentimiento en la conducta que observa don Sancho durante el sitio, e inflama también el valor de los bizarros peñiscolanos. Ya veremos en el curso, de este bosquejo biográfico hasta qué punto influyó en la suerte de aquella lucha emprendida por el valor y sostenido con una constancia ejemplar.

Afianzada en Peñíscola la autoridad de D. Sancho con un despacho expedido por el Rey hallándose en el sitio de Barcelona, y leído al ayuntamiento de aquella villa por don Antonio Ibáñez de Bustamante, se esforzó Echevarría a corresponder a la confianza del Monarca con nuevos y esclarecidos hechos. Con el doble objeto de abastecer la plaza y de que los paisanos se acostumbraran más y más a las funciones militares, dispuso y preparó algunas salidas ejecutadas con valerosa intrepidez y coronadas por el éxito más feliz; y si bien en una de ellas pretendieron los sitiadores en número de 300 hombres acometer a 20 peñiscolanos que custodiaban 1.500 cabezas de ganado cabrío, mostraron estos un continente tan firme y rompieron el fuego con tan denodada resolución, que los anglo-holandeses hubieron de retirarse a su campo, y los sitiados entraron con su presa en Peñíscola.

Cuando D. Sancho vio bien acreditado el valor de sus nuevos guerreros, concibió el pensamiento de dar cima a una empresa singularmente audaz. Consistía esta en sorprender y destruir las baterías enemigas que con sus fuegos causaban notable daño en la población. Pero la realización de este proyecto ofrecía obstáculos al parecer insuperables. Escarmentado el enemigo con las frecuentes salidas de los sitiados, había desplegado una vigilancia suma, dando más solidez a sus fortificaciones, y levantando una trinchera sobre el puente que domina las lagunas, enlazando la comunicación de la plaza con el campo anglo-austriaco. ¿Pero cómo podían hacer declinar estas dificultades el esforzado ánimo del gobernador que se había encerrado en una plaza, amenazado por un enemigo poderoso, y sin contar con un solo soldado para defender a aquella ni rechazar a este? En efecto, Echevarría traza su plan; dicta las disposiciones convenientes, e impetra el auxilio Divino, prometiendo ante la Virgen, de la que si lograba la fortuna que esperaba, convertiría en campanas los cañones que tomase al enemigo para que publicasen perpetuamente desde lo alto de la torre su omnipotencia y protección.

Despuntaban apenas los primeros arreboles de la aurora del 21 de abril cuando D. Sancho se pone a la cabeza de 129 hombres, les dirige un breve y enérgico discurso, invoca su denuedo en nombre de la independencia, de la gloria, del honor y de la religión, y aquellos paisanos, cuyas afecciones más íntimas habían sido excitadas tan oportunamente, contestan con protestas de adhesión y piden acreditarlas en el sitio del peligro. Se bajó entonces el puente levadizo: D. Sancho montado a caballo se lanza el primero con la rapidez del relámpago, sus valientes compañeros corren y se precipitan como él sobre los sitiadores, que sorprendidos y acribillados por el terrible fuego que fulminaba la plaza protegiendo esta salida, vuelven la espalda vergonzosamente, abandonando sus parapetos, baterías y mucha parte de su equipaje. Dueños del campo los peñiscolanos, condujeron a la plaza toda la artillería, consistente en seis cañones y cuatro morteros (2) sin que en operación tan arriesgada tuviesen la pérdida de un solo hombre.

  • (2) D. Sancho cumplió su voto, todas las piezas fueron convertidas en campanas, una de las cuales se colocó en la iglesia de Peñíscola, y las restantes en el convento de Carmelitas situado en el desierto de las Palmas junto a Castellón.

Por fin, el gobierno aunque abrumado bajo el peso de necesidades muy perentorias, fijó la atención en este pueblo heroico, que excediéndose a sí propio y los cálculos vulgares, daba ejemplo a los demás de una lealtad tan acrisolada. Se ignora si D. Sancho pidió auxilios, pero es lo cierto que la Reina, encargada del timón del Estado mientras el Rey se hallaba en el sitio de Barcelona, dio orden al corregidor de Cartagena para que en esta ciudad se levantase una compañía de 50 hombres, que bajo la conducta del capitán D. José Fernández de Santo Domingo y el teniente D. Pedro de Hoyo, debía acudir al socorro de la combatida Peñíscola. Se dio principio a la recluta el 5 de mayo, y al finalizar este mes, si bien no consta con exactitud el día, entraron los auxiliares en la plaza, acogiéndoles los vecinos con vivos transportes de alegría e inequívocas muestras de cordialidad. Pero al lado de la amiga hueste penetraba un enemigo insidioso y temible, capaz por sí solo de abatir el valor más sobresaliente y de entibiar el ardor de aquellos belicosos pechos. En efecto, en igual grado que los defensores se aumentaba la falta de bastimentos, presentándose ya el hambre amenazadora y terrible. Para remediarla hicieron otra salida los peñiscolanos, y recolectaron sus mieses, aunque con peligro tal, que al decir del denodado gobernador «no cortaron espiga sin el contrapeso de una bala.» Algunos perdieron la vida en esta penosa tarea, otros muchos quedaron heridos; pero los restantes haciendo prodigios de valor, lograron entrar en la plaza 200 cahices de trigo (2.400 fanegas) y de legumbres. Airados entonces sobremanera los sitiadores, estrecharon más y más el bloqueo, talaron las inmediaciones de Peñíscola, y entregaron a la voracidad de las llamas los árboles y alquerías. Los peñiscolanos presenciaban esta devastación desde lo alto de sus murallas, muchos perdieron entonces sus principales elementos de fortuna sin que en sus marciales rostros apareciese la menor señal de abatimiento, si bien más de un corazón palpitó con violenta ira al ver que manos españolas y aun manos consagradas al servicio de un Dios de paz, preparaban y suministraban las teas incendiarias.

Cada día, cada hora se sentía más en Peñíscola el golpe de las calamidades. Al concluirse el mes de julio escasearon los víveres, en términos que fue preciso reducir la ración semanal de pan a cuatro libras por persona; las carnes de vaca, carnero y ave faltaron absolutamente, habiendo que recurrir a las de mulos y jumentos. Las fatigas, las zozobras, la mala calidad de los alimentos llenaron los hospitales de enfermos, que carecían no solo de medicinas, sino que también de las sustancias necesarias para prolongas su existencia. Era imposible que el peso de estas privaciones no oprimiera alguna vez el valor de los peñiscolanos: el heroísmo es la tensión violenta de todas las fibras del corazón, y si en un individuo muy privilegiado solo sucumbe a la muerte, en las masas resiste con dificultad la acción analítica del tiempo. Algunos más afectados que por sus propios males, por los de sus parientes y amigos, se acercaban a D. Sancho, pidiéndole pusiese pronto y eficaz remedio; mas el denodado caudillo les contestaba con dulzura que él no podía ir más allá del límite trazado por su honor y su conciencia; que un grado más de constancia bastaría acaso para salvarles dejando limpia y resplandeciente su reputación; que no era propio de altivos pechos perder en un momento de debilidad lo que se había conservado a costa de tan duros trances, fatigas y penalidades; que la Providencia nunca abandona una causa justa sostenida con ínclito denuedo, y que en la mayor extremidad de la desgracia «Dios y María Santísima de la Hermitaña proveerían.»

Entretanto se vió el rey precisado a levantar el sitio de Barcelona, emprendido con sano consejo y madura resolución, pero continuado con funestas vacilaciones. Al pasar Felipe V por Torrella de regreso a Madrid, supo la apurada situación de Peñíscola y mandó que la compañía del capitán D. Antonio Díaz Herrera, compuesta de 72 hombres pertenecientes al regimiento infantería de Milán partiese al socorro de los sitiados, llevando a su gobernador el grado de brigadier en recompensa de sus señalados servicios. Este refuerzo acabó de consumir los pocos víveres que con tanto trabajo se habían reunido, y Echevarría decretó la rebaja de la ración semanal a solas dos libras. Más fácil es concebir que explicar la situación de aquellos valientes, encerrados en el recinto de la plaza, viendo disminuirse tan sensiblemente los medios de subsistencia sin probabilidad de obtenerlos, como antes, aun arriesgando intrépidamente su vida y rodeados por un enemigo inmensamente superior, y que no obstante se había atrincherado en términos de no poder atraerle a una función seria y de positivos resultados. Pero la Providencia que velaba por ellos, hizo que una embarcación cargada de harina que había salido de los puertos de Francia, impelida por una borrasca fuese a parar a las playas de Peñíscola. El mar mugiendo de ira azotó con tal fuerza los costados de la pequeña nave, que la tripulación se vio precisada a retirarse a la plaza, y abandonada entonces aquella a merced de las olas, rotos los cables y destrozada la arboladura y reducida casi al casco, fue arrojada por un gran golpe de agua al barranco de la torre de Almadur. Al día siguiente destacó D. Sancho dos barquillas que lograron recoger todo el cargamento de harina, parte en el fondo de la embarcación y parte en la playa delante del baluarte del Príncipe.

Aunque consolador, breve fue el efecto que produjo este inesperado socorro. La fortuna pareció volver el rostro definitivamente a los intrépidos peñiscolanos sumergiéndoles en la desesperación y en la miseria. Cinco saetías cargadas de víveres que a solicitud del capitán Herrera mandaba el duque de Noalles, cayeron en poder de los cruceros ingleses, si bien el mismo Herrera corriendo mil peligros logró llegar a las playas de Peñíscola con un gánguil francés lleno de trigo; pero este y otros pequeños auxilios que llegaban de tarde en tarde servían más a aumentar que a disminuir la miseria, al modo que las gotas de agua que en medio del estío caen sobre una tierra árida sirven para desarrollar más y más el calor que esta encuentra en su seno.

Fruto amargo de estas penalidades fue la deserción de la compañía de Cartagena y de 54 hombres del regimiento de Milán; unos y otros se habían fugado de la plaza abandonando la custodia de puestos muy importantes, descolgándose por la muralla en las altas horas de la noche, temiendo los horrores del hambre. En efecto, esta se hizo tan intensa y absoluta, que el 15 de noviembre faltaron de todo punto los víveres, y no se pudo distribuir la ración semanal. Entonces brillaron muy altas las prendas que adornaban al gobernador. En vez de dejarse abatir por este terrible golpe de la desgracia, el magnánimo D. Sancho solo pensó en infundir nuevo y más poderoso aliento a los bizarros peñiscolanos, y al efecto les convocó a consejo general; reunidos los vecinos, el gobernador tomó la palabra y en tono suave, insinuante y persuasivo, pronunció un discurso en que hacía breve y verdadera historia de los principales acontecimientos ocurridos durante el sitio, poniendo en relieve la alteza de ánimo que habían mostrado los peñiscolanos durante todos los peligros, los favores de la Providencia y la excelsa fama que habían adquirido en el idioma militar de la España, fama que hallaría eco y simpatías en todos aquellos pechos que latieran bajo la impresión de un sentimiento noble y generoso. Para realzar más su conducta y empeñarles con mayor fuerza en la senda del honor, presentó el contraste indigno que ofrecían los cartageneros y soldados del regimiento de Milán huyendo de ella como criminales protegidos por la sombra de la noche, aunque huyendo en vano de su conciencia que les vituperaba acción tan fea e inicua. «De paisanos, continuaba el animoso gobernador, que ni al ver muchos enfermos en la plaza, sin poderles dar medicina ni alimento sistemal, no han desmayado, ni he visto en ellos indicio alguno de flaqueza, me prometo que el carecer como carecemos al presente de toda vianda y pan, no os hará desmayar, sino que gustosos os alimentéis de pan de algarrobas. »

 No hay autoridad más sólida que la que se cimenta en el ejemplo de las virtudes. Al ver a su gobernador, atento, afable, pero impasible en medio de tantas tribulaciones, imponiendo la obediencia en nombre del honor, y confiando noblemente en la lealtad de sus compañeros, todos los peñiscolanos exclamaron que aun restaban algarrobas y vinos; que si todos los víveres faltaban aún les acudiría fuerza al corazón para volar las fortificaciones y sepultarse en su ruina, y que ellos preferían siempre la gloria de una muerte adquirida en el cumplimiento de sus deberes, al ultraje de una vida comprada con un perjurio.

Gozoso el gobernador de oír esta heroica determinación de aquellos intrépidos paisanos, les dio gracias en los términos más cordiales, y les ofreció en nombre del Rey la condonación y franqueza de cuantas deudas, censos y obligaciones tuvieran el común y los vecinos de Peñíscola con los ayuntamientos o particulares de aquellas provincias que seguían a la sazón las banderas del Archiduque.

Oferta tan política y oportuna fue acogida por los peñiscolanos con los mayores transportes de entusiasmo, y olvidando las fatigas pasadas y las prevenciones de que entonces eran víctimas, reiteraron la protesta de mantener la plaza en la devoción y obediencia de Felipe V.

Cumplieron su palabra con inmarcable fidelidad. Ni un solo rasgo de flaqueza abatió a aquellos hombres superiores a sí mismos y aun a sus esperanzas, y en sus rostros descarnados por la mono cruel del hambre, se revelaba bien el mismo aire de resolución intrépida con que acometieron la improbable defensa de la plaza. La invencible constancia de los peñiscolanos, el denuedo heroico de su gobernador, y aquella fortaleza de alma que les hizo familiarizarse con los mayores peligros y las ásperas privaciones, fueron al fin coronados por un éxito venturoso. La inmortal victoria de Almansa conseguida el 21 de abril de 1707 obligó a los aliados a levantar el sitio de Peñíscola.

Aquel memorable hecho de armas que en el sentir de un profundo escritos, «estableció una nueva dinastía en España y una cláusula de altas consecuencias en el derecho público europeo» hizo perder a las fuerzas combinadas no solo la ofensiva, sino que también el nervio de la defensa. El vencedor ejército de Felipe V, bajo las órdenes del duque de Berwik, penetró en el corazón de la provincia de Valencia, siguiendo la vanguardia con presuroso paso el alcance de los vencidos. Alzaron los sitiadores el cerco, y el valeroso Echevarría abrió las puertas de la plaza que habían estado cerradas durante diez y seis meses. El mariscal Berwik elogió altamente la conducta del gobernador, y la imparcialidad histórica no podrá pasar en tela de duda la justicia de este elogio. Parecía inverosímil defensa tan recia y porfiada de parte de una plaza exhausta de víveres y defensores, no contando en su seno más que algunos hombres extraños al rudo ejercicio de las armas, colocada como una piedra en medio de un círculo de fuego, extendiéndose el de la insurrección por los territorios confinantes, y acordonándola constantemente más de cinco mil hombres, inflamados los más por el furor de las discordias civiles. Pero los grandes sentimientos en las situaciones violentas ceden y traspasan las frías reglas de la razón y del cálculo. Sólo así y pocas veces como en esta ocasión puede decirse que el valor hace prodigios, aventajando a todas las probabilidades los grandes arranques y generosos esfuerzos. Premió Felipe V los de Peñíscola con una magnificencia verdaderamente regia; concedió a la villa el título de ciudad; declaró nobles a todos los individuos del ayuntamiento; confirmó la promesa de D. Sancho relativa a la exención de deudas, comprometiéndose a aquellas indemnizaciones que reclamara la justicia; y por último mandó que a expensas del Erario se reedificasen las casas, cercas y quintas que se hubiesen perdido o deteriorado durante el asedio.

Pero D. Sancho había sido el alma de aquella defensa, el espíritu firme y vivificador en medio de los frecuentes desastres y del desaliento momentáneo, el genio organizador que había convertido a paisanos pacíficos en intrépidos guerreros, el autor en fin de tan briosa resolución. Galardonó el monarca debidamente su mérito, promoviéndole a la categoría de mariscal de campo, y concediéndole en el escudo de sus armas un castillo rodeado de diez piezas de artillería, en memoria de su heroica conducta en Peñíscola. Pocos días después se le confirió el gobierno de la plaza de Badajoz, llave principal de Extremadura y puesto de alta confianza, porque era uno de los más inmediatamente amenazados por las armas del voluble portugués. El noble Echevarría no se atrevió a romper el vínculo de gloria que le unía a los habitantes de Peñíscola, y así solicitó que se le dejase en este puesto, lo que le fue concedido, aunque extendiendo su mando hasta Vinaroz.

Los hombres, como la naturaleza, solo ostentan todo su poder cuando obran y se agitan bajo el impulso de la tempestad; ninguno puede encontrarse héroe en el curso regular de la vida. Después de la defensa de Peñíscola la vida militar de D. Sancho no es tan brillante, pero es siempre digna y apreciable. Siempre activo, celoso y vigilante, sabe que una escuadra enemiga partiendo de las costas de Italia se acerca a Vinaroz con propósito de desembarcar, y colocándose a la cabeza de dos compañías de carabineros, marcha al punto amenazado, llega, ve que se ha dado principio al desembarco, y afrontando impávido el fuego de cañón, acomete con tal destreza y denuedo a los que ya habían pisado tierra, que logra precipitarlos de nuevo sobre sus buques, obligándoles a variar el rumbo. No bien escarmentados los parciales del Archiduque, pretendieron a todo trance afianzar el pie sobre el territorio valenciano, y mientras que cinco o seis mil hombres bajo las órdenes del general Wetzel, esperaban una coyuntura para penetrar en Tortosa, dos escuadras con bastantes tropas de desembarco levaron anclas en las aguas de Barcelona, y se dirigieron hacia las de Vinaroz y Peñíscola; pero el intrépido Echevarría les hizo sentir otra vez la garra de león, obligándoles a desistir de su poco meditada empresa.

Un acontecimiento tan funesto como inesperado vino por entonces a acibarar el placer puro que debieron producir en D. Sancho sus esclarecidos hechos de armas. El duque de Vendome, célebre caudillo y general en jefe del ejército español en la inmortal batalla de Villaviciosa, llegó a Vinaroz con el objeto de inspeccionar los víveres y el estado de las fortificaciones. Le obsequió D. Sancho con aquel agasajo exquisito y delicado en que templaba la veneración la conformidad de sentimientos. Pero un pescado fresco que comió el duque en la cena le produjo una fuerte indigestión, origen del accidente apoplético que terminó sus días. Se creyó que había muerto envenenado, y no faltan datos para creer que el tósigo fatal alcanzó también a Echevarría, si bien no produjo entonces tan deplorables resultados.

La guerra declinaba ya de día en día, la entereza castellana se había hecho superior a la instabilidad de las demás provincias. Felipe V acatado y reconocido por las primeras potencias de Europa, había resuelto definitivamente en su favor, y con el poder de sus armas, la litigiosa herencia de Carlos II, y la guerra sólo se sostenía en Barcelona, menos como el último esfuerzo para sostener una causa desapoderada, que como un sacrificio sangriento hecho al orgullo de los catalanes. En tanto D. Sancho abastecía los principales pueblos de su gobernación, y su falúa era la primera en escoltar los convoyes y en desafiar los peligros.

Se dirigió posteriormente al campo de Barcelona, donde llegó el 1º de julio de 1714 para conducir al duque de Pópuli que había sido reemplazado por el de Berwik en el mando en jefe del ejército sitiador. Pópuli al volver a la corte tomó el camino de Vinaroz, donde fue recibido con las atenciones debidas a su alta clase y servicios por el gobernador Echevarría. Terminada la guerra de sucesión, D. Sancho, cuya piedad sólida enaltecía tanto sus virtudes militares, procuró fomentar el culto de la Virgen de la Hermitaña, a la cual se consideraba deudor de sus mejores glorias. Ya había mandado construir una iglesia, y se colocó la imagen de la Virgen sobre un bello tabernáculo de jaspe, y dispuso que se consagrara el nuevo templo con esa pompa augusta con que la iglesia cristiana solemniza su misterio y que revela luminosamente que de todas las religiones conocidas es la que mejor ha comprendido la grandeza de la Divinidad. Hallábase D. Sancho en Vinaroz y pretendió dirigirse a Peñíscola para asistir a esta función; pero en el momento de montar a caballo se sintió súbitamente indispuesto y el mal adquirió de pronto un vuelo tan rápido, que aniquiló su vida el día 14 de septiembre de 1716. Así murió en la florida edad de 42 años D. Sancho de Echevarría, cuyas relevantes dotes fueron apreciadas por sus contemporáneos y serán respetadas por la posteridad. El rey D. Felipe V le dispensa singular estimación y solía preguntar con frecuencia: «¿qué dice mi Sancho?» Afable, cortés, generoso y equitativo, sabía captarse el afecto de cuantos le rodeaban. La autoridad que ejerció en Peñíscola fue verdaderamente paternal, y solo así se explica el que pudiera transformar unos cuantos paisanos en otros tantos héroes. Soldado sobrio y valiente, oficial hábil y pundoroso, jefe lleno de recursos y energía, sabía llevar a cabo las empresas más arduas, porque daba la orden a la vez que el ejemplo. Severo en sus costumbres, religioso en su conducta, fiel en el cumplimiento de sus deberes, no presentaba asidero alguno la envidia, ni podía concitar las iras de interesados émulos. Si el pensamiento de la historia como el ojo del artista se detiene con placer en cuadros correctos y armoniosos, debe fijarse en la fisonomía moral de D. Sancho, y descubrirá los rasgos del caballero, del súbdito leal y del militar asistido de un gran corazón y de una inteligencia luminosa.

Vicente Oms Llaudís

Artículo publicado en la revista cultural Peñíscola, número 183-184-185 (sep-dic-abr – 2016)